Evo Morales tuvo una semana para el olvido. A esa extraña suerte de plebiscito en la elección de magistrados de hace exactos siete días, que le arrojó su primer traspié electoral desde que llegó al poder, le siguió la importante movilización en defensa de un parque protegido en el centro de Bolivia.
Ambos temas están atravesados por estrategias de la oposición de la llamada "derecha blanca" (terratenientes, dirigentes clásicos de los partidos del poder político local, empresarios preocupados por los avances sociales y hasta grupos racistas) y por sectores de izquierda que le reclaman al Presidente por las promesas incumplidas y la falta de profundización de su plan de cambio social, económico, institucional y político. En el medio, aparecen ex socios y ex funcionarios del actual Gobierno, que ahora lo cuestionan.
Son golpes de difícil pronóstico para la actual composición de su Gobierno, aunque a él le queden tres años más de mandato que hoy no parecen correr riesgo serio.
Desde el entorno del mandatario se habla de un doble llamado de atención que estuvo mezclado con cuestiones sociales latentes, que nacieron a principios de año con el descontento, nunca superado, por la multiplicación del precio de las naftas (medida que debió retirar, así como lo hizo ahora con la construcción de la ruta por una reserva ecológica e indígena).
Los graves problemas de difusión de los postulantes para la Magistratura y la feroz represión a los marchistas indigenistas del mes pasado (que generó un alto apoyo solidario y en repudio de la cual renunciaron dos ministros) fueron un lastre imposible de levantar. Que un jefe de Estado ampliamente respaldado por las urnas desde hace seis años haya empatado con sus rivales al elegir jueces supremos fue una novedad de alta trascendencia: ya se habla de que Morales (o simplemente Evo) perdió su aura de invencibilidad electoral, contra la cual chocaba todo intento opositor.
Sin embargo, no se puede exagerar sobre su debilidad, y menos frente a un abanico opositor que va desde el conservadurismo más recalcitrante hasta la izquierda más ortodoxa. Lo máximo a lo que hoy aspiran sus enemigos es a un empate en las urnas, y eso si es que van todos unidos, lo cual es imprevisible a futuro.
Parece ser que Morales decidió tomar la iniciativa política, aún bajo presión. La primera señal del nuevo tiempo fue dada con su retiro del proyecto vial, firmado ayer con los movilizados que lo dejaron esperando casi dos días seguidos para reunirse. Si ahora cambia también parte de su gabinete, tal como le piden muchos sectores progresistas y sus ex aliados, quedarán fuera de tono las acusaciones de soberbia, de egocentrismo y de concentración de poder a partir de la desconfianza. Si, en cambio, se mantiene en la misma línea, le dará un gran frente a una oposición dispersa, que es muy difícil que pueda sumar todo en un mismo espacio, cuando hay aspiraciones personales y pensamientos ideológicos que fragmentan el espacio en varias partes.
Pero hay una apuesta de máxima que ya lanzaron ciertos grupos de la derecha más extrema: la posible implementación del instituto de revocatoria de mandato vigente con la Constitución de 2009, que permite separar a un funcionario del cargo si la mayoría del electorado así lo decide en comicios especialmente convocados.
La Carta Magna establece que el 15% del electorado nacional, a través de una iniciativa ciudadana, puede pedir que se separe a alguien del cargo, lo cual podrá solicitarse cuando haya transcurrido al menos la mitad del período del mandato (se cumple el próximo año). Esta misma Ley Fundamental es considerada el gran logro de Evo desde que ejerce el poder para consolidar su propuesta de un Estado plurinacional y pluricultural, y fue la base de las protestas indígenas.
Llamar a elecciones revocatorias es un desafío a todo o nada, tanto para el Presidente como para sus rivales. Ese es el juego que Morales mejor juega, el que más le gusta y el que domina a la perfección; pero todo tiene una primera vez, como lo vivió el domingo pasado. Lo más probable es que nadie se anime a jugarlo.